Implicaciones filosóficas, sociales y políticas de los agentes
Este es el curso compañero del técnico. Donde aquel construye el agente (LLM + herramientas + un bucle que cede al modelo el control de flujo), este construye la lente para pensarlo, desde la tradición de los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS): la que parte de una idea incómoda para el ingeniero y fértil para el análisis (ninguna técnica es neutral). Por eso, donde el curso técnico pregunta cómo funciona, este pregunta qué delegamos, a quién obliga y quién responde. No es un apéndice ético: es el reverso conceptual del mismo objeto.
Introducción: léase a contraluz
Este curso tiene un gemelo. Nació para leerse junto al Curso de construcción de agentes desde cero (y, en cierto sentido, contra él). Conviene aclarar enseguida en qué sentido, porque hay dos, y solo uno hace justicia a lo que aquí se propone.
El sentido fácil sería el antagónico: que un curso defienda la técnica y el otro la enjuicie, que uno construya y el otro objete. Esa lectura es falsa y empobrecería a ambos. Estas páginas no impugnan al curso técnico; le dan la razón en casi todo. Celebran su divisa (el prompt sugiere, el código garantiza) como una conquista, no como un error: es una moral inscrita en la materia, lo que buena parte de la crítica clásica a la tecnología supo lamentar pero nunca supo edificar. Y el curso técnico, por su parte, no es ingenuo: practica el pensamiento crítico sin nombrarlo cada vez que reporta el sesgo medido de un modelo concreto en lugar de despachar “la IA” con brocha gorda. No son, pues, dos tesis rivales sobre un mismo objeto.
El sentido verdadero del “contra” es otro: el del contrapunto, no el del choque. Estos dos cursos se interpelan como se interpelan dos voces en una fuga (cada una se sostiene sola, pero juntas revelan lo que ninguna dice por separado). Uno afirma; el otro pregunta por las condiciones de esa afirmación. Uno responde cómo funciona; el otro, qué delegas, a quién obliga y quién responde. Leer el segundo contra el primero no es refutarlo: es mirarlo a contraluz, dejar que cada caja de gobernanza y explicabilidad proyecte su sombra (el tercer pivote ausente, la cuenta que se le debe al afectado) y que esa sombra solo se vuelva visible gracias a la nitidez del original. La crítica, aquí, es deudora de la precisión que critica: sin un curso técnico tan exacto, este no tendría contra qué apoyarse.
El alemán tiene una palabra para esta clase de enfrentamiento fértil: Auseinandersetzung, el ponerse aparte el uno del otro para verse mejor. Eso pretenden estos dos cursos. No convergen en una síntesis cómoda ni se cancelan; se sostienen en oposición productiva, y es de esa tensión (no de su resolución) de donde sale lo que merece pensarse.
Léase contra el curso técnico en el sentido en que se mira una prueba a contraluz: no para desmentirla, sino para ver lo que la tinta, por sí sola, no deja ver.
La tesis que vertebra todo el recorrido es vieja en CTS y nueva en la práctica: la tecnología no es neutral. Pero esa frase, mal usada, sirve para condenar “la IA” en bloque (análisis de brocha gorda). Bien usada, obliga a lo contrario: a bajar al artefacto concreto, medible y localizable, y a distinguir tres niveles que casi siempre se confunden (el artefacto, su despliegue y el sujeto sobre el que decide). Ese descenso, no la condena, es el método de este curso.
1. El viaje del curso (y por qué CTS)
Los estudios CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) parten de un rechazo a dos
errores simétricos: el determinismo tecnológico (“la técnica avanza sola y la
sociedad se adapta”) y el instrumentalismo (“la técnica es un medio neutro, todo
depende del uso”). Frente a ambos, CTS sostiene que los artefactos y la sociedad
se co-producen (Jasanoff, 2004): el agente del curso técnico no es ni una fatalidad ni
una herramienta inocente, sino una cristalización de decisiones (de quién lo entrena, qué herramientas se le dan, dónde se pone el max_turnos) que podrían
haber sido otras.
Este curso recorre, módulo a módulo, las mismas estaciones que el técnico, pero leídas con esa lente. Cada sección se cierra con una caja de imbricación que la ata a su contraparte de ingeniería, porque la apuesta es que la teoría sin el artefacto es el lujo de la crítica que diagnostica y no construye; el artefacto sin la teoría es un poder sin pregunta.
Materiales necesarios
- Langdon Winner, ¿Tienen política los artefactos? (1980)
- Sheila Jasanoff (ed.), States of Knowledge: la co-producción de ciencia y orden social (2004)
- Bruno Latour, Where Are the Missing Masses? (1992)
- Andrew Feenberg, Questioning Technology (1999)
- Prerrequisito real: haber hecho (o leído) el curso técnico. Sin el artefacto, esto es palabrería.
2. “Agente”: la palabra que es tres palabras
Toda la fuerza de este curso cabe en una homonimia. En informática, un agente es “un LLM que usa herramientas en un bucle”. En economía y ciencia política, un agente es quien actúa en nombre de un principal: la teoría principal-agente (Jensen & Meckling, 1976) estudia precisamente qué pasa cuando los intereses del delegado se desalinean de los del que delega. Y en ética, un agente es un locus de responsabilidad: un agente moral es aquel a quien se puede pedir cuentas.
flowchart TD
A["«Agente»"] --> I["Informática
LLM + herramientas + bucle"]
A --> E["Economía / política
quien actúa por un principal"]
A --> M["Ética
locus de responsabilidad"]
El curso técnico narra el paso “del oráculo al agente” como un avance de capacidad. Leído aquí, es algo más grave: es el paso del instrumento al delegado. En el momento en que el bucle cede al modelo el control de flujo (cuándo buscar, qué leer, cuándo parar), se ha delegado una porción de agencia en un artefacto que decide. Y toda delegación, desde Hobbes (1651), abre las dos preguntas que ningún manual técnico cierra: ¿con qué autoridad actúa el delegado, y quién responde por lo que hace en tu nombre?
Conviene un cuarto foco, el más exigente, que hace de juez de los demás. Desde la ciencia cognitiva enactiva, Barandiaran et al. (2009), en Defining Agency, fijan tres condiciones para la agencia en sentido fuerte: que el sistema defina su propia individualidad, que sea la fuente asimétrica de su actividad y que la regule según normas propias (normatividad), una organización autónoma que se sostiene a sí misma. Medido con esa vara, el “agente” de software no pasa la prueba: no constituye su individualidad (se la fijamos), no es fuente de sus normas (las inscribe el código y el prompt) ni se autosostiene. Lejos de invalidar el término, lo sitúa: es agencia en el sentido débil y delegado (el del principal-agente), no en el fuerte de Barandiaran. Su autonomía es operativa, no constitutiva.
04_agente.py no es
solo código: es el primer contrato principal-agente de todo el repositorio, solo
que escrito sin las cláusulas de responsabilidad que cualquier contrato humano
traería.
3. ¿Es neutral la herramienta?
La tesis fundacional de CTS (Winner (1980), “los artefactos tienen política”) no dice que la tecnología sea mala, sino que incorpora valores: favorece ciertos usos, distribuye poder de cierta manera, da por supuestas ciertas formas de vida. Latour y Akrich lo afinan con la idea de script (Latour, 1992; Akrich, 1992): todo objeto técnico lleva inscrito un guion de cómo debe usarse y quién debe hacer qué. Un modelo de lenguaje es un artefacto saturado de guion: su distribución de entrenamiento, su RLHF, sus rechazos, su tono.
Aquí conviene desactivar una confusión frecuente: “no neutral” no significa “centralizado”. Son ejes distintos. Que se puedan descargar pesos abiertos y fine-tunearlos en un portátil ataca la concentración de poder, pero no vuelve neutral al modelo (al contrario: que se puedan ajustar sus sesgos demuestra que los sesgos estaban ahí). La no-neutralidad vive en el nivel más fino, el del artefacto concreto, y por eso es lo opuesto a la brocha gorda: es la instrucción de bajar a este modelo y medir este sesgo.
hace \35
años, las llamadas redundantes) son la no-neutralidad hecha bitácora de
laboratorio: un artefacto específico con un guion específico. El curso técnico ya
practica CTS sin nombrarlo cada vez que reporta un sesgo medido en lugar de hablar
de "la IA".
4. El prompt sugiere, el código garantiza: una moral material
La divisa del curso técnico es, sin saberlo, una tesis de filosofía moral. Latour mostró que delegamos normas en la materia (Latour, 1999): el “gendarme dormido” (un badén) impone “no correrás” mejor que una señal, porque inscribe la norma en el asfalto. Verbeek llamó a esto la moralidad de las cosas (Verbeek, 2011): los artefactos median nuestras acciones y, al hacerlo, moralizan. La capa determinista que envuelve al modelo (el catálogo acotado, las consultas parametrizadas, el límite de turnos) es exactamente eso: una norma inscrita en código en lugar de confiada a la persuasión del prompt.
Lo decisivo es lo que esa inscripción compra y lo que no. No compra ausencia de
sesgo: cada regla determinista (“este umbral”, “esta categoría excluida”) es una
elección de valores tan cargada como la del modelo. Lo que compra es que ese sesgo
deje de estar disuelto en mil millones de pesos opacos y pase a estar escrito,
legible y atribuible. El código determinista no resuelve la no-neutralidad: la
vuelve auditable. Es diseño sensible a los valores (Friedman, 1996) hecho con un if.
5. El bucle y la autonomía de la técnica
“Ser agente es un espectro”, dice el curso técnico, y mide la autonomía por la
longitud de la cadena, la iniciativa y la capacidad de actuar. CTS tiene un nombre
mayor para el fondo del asunto: la autonomía de la técnica (Ellul, 1954; Winner, 1977,
Autonomous Technology). No la autonomía de un agente concreto, sino la del
sistema técnico que parece auto-aumentarse y escapar al gobierno humano, fijándose
a sí mismo sus fines. La pregunta filosófica que se esconde bajo el inocente
max_turnos es la de Ellul: ¿quién pone el criterio de parada, el humano o la
lógica interna del sistema?
Conviene separar dos autonomías que el lenguaje confunde. La autonomía técnica (el bucle decide cuántas búsquedas hacer) es local y acotable. La autonomía política (la técnica como fuerza que dicta el ritmo y los términos de la vida social) es la que preocupa a Ellul y a Heidegger (1954) (el Gestell, el mundo convertido en “fondo de reserva” disponible). Un agente bien diseñado puede ser técnicamente autónomo y políticamente sometido; el peligro es el contrario, y no se conjura con código sino con instituciones.
6. Tres arquitecturas: la política de las infraestructuras
Elegir entre código a mano, MCP y LangGraph parece una decisión de ingeniería. Es, sobre todo, una decisión infraestructural, y las infraestructuras tienen política (Bowker & Star, 1999: clasificar y estandarizar es repartir poder y visibilidad). MCP es un estándar; quien define el estándar define las condiciones de acceso. Y como recordó Lessig, en lo digital el código es ley (Lessig, 2006): la arquitectura regula la conducta tan eficazmente como una norma, pero sin votación ni recurso.
De ahí que el “matiz de soberanía” del curso técnico sea un concepto político de primer orden, no una preferencia de despliegue. Correr el modelo on-premise, sobre pesos abiertos, es optar por la producción entre pares basada en el procomún (Benkler, 2006) frente a la dependencia de plataforma; es preferir la autonomía aun a costa de la comodidad. La elección de arquitectura es, en miniatura, la elección entre dos órdenes posibles: uno donde los agentes dependen del roadmap ajeno y otro donde la dependencia es propia y revocable.
7. El catálogo curado y el problema de las muchas manos
La solución de gobierno del curso técnico es elegante: “se gobierna en la capa de tools, no en la capa de quién construye”. Pero CTS obliga a ver lo que esa elegancia desplaza. Nissenbaum (1996) nombró el problema de las muchas manos: cuando una decisión la produce un sistema con muchos componentes y autores, la responsabilidad se diluye hasta que no queda nadie a quien señalar. Un agente que consulta varias herramientas (o un “comité” de modelos) es la forma perfecta de ese problema: “los modelos discreparon, el orquestador sintetizó, nadie decidió”.
Y hay una ironía que recorre todo: gobernar en la capa de tools no disuelve el poder, lo reubica. Quien cura el catálogo MCP se convierte en el nuevo soberano (la “moralidad determinada por unos pocos”, un nivel más arriba). Para la gobernanza interna eso es deseable; frente al sujeto externo, solo cambia quién manda. Es la misma sombra que reaparece capa tras capa: en el modelo base que se afina, en el orquestador que pondera, en el ingeniero que escribe el guardarraíl, ahora en el curador del catálogo.
8. Explicabilidad ≠ rendición de cuentas: la brecha
Aquí está el corazón del curso. El segundo pivote técnico, la explicabilidad, responde a “¿por qué el agente hizo esto?”. Es una virtud epistémica: reconstruir la cadena. La rendición de cuentas es otra cosa: una relación de poder entre quien despliega y quien sufre la decisión. Matthias (2004) bautizó la brecha de responsabilidad: con sistemas que aprenden y deciden, puede no haber nadie a quien sea justo responsabilizar (ni el programador, que no fijó la conducta, ni el modelo, que no es agente moral).
La distinción operativa, que el curso técnico no llega a hacer, es entre trazabilidad e impugnabilidad. La traza (“cada paso queda en la lista de mensajes”) hace la decisión reconstruible para quien tiene acceso a la traza: el operador, el auditor. No le da al afectado ninguna palanca: ni voz en la mesa donde se calibró el guardarraíl, ni vía para forzar su corrección. La trazabilidad es condición necesaria de la rendición de cuentas; no es la rendición de cuentas. Entre una y otra está, exactamente, el sujeto ausente.
La traza hace la decisión legible. No la hace impugnable por quien la sufre desde fuera.
9. Legitimidad: ¿por qué obedecer a un agente que no elegí?
Si un agente decide sobre alguien que no lo eligió, reaparece la pregunta más antigua de la filosofía política: ¿qué hace legítima a una autoridad? El contractualismo (Hobbes, 1651; Locke, 1689; Rawls, 1971; Rousseau, 1762) la funda en el consentimiento (real o hipotético), pero Hume (1748) ya lo desarmó: hablar de consentimiento tácito por “seguir usando el servicio” es como decir que quien despertó en un barco en alta mar consiente al capitán porque no salta al agua. Weber (1922) desplazó el eje a la legalidad racional: la autoridad moderna se legitima por reglas generales, impersonales y revisables. Habermas (1981), más exigente, por una deliberación donde cuente la fuerza del mejor argumento.
De todo ese acervo se extrae un criterio que no exige acierto, sino estructura: una decisión es legítima frente a quien la sufre si este tiene voz, salida, reversibilidad y un nombre al que pedir cuentas. La democracia no garantiza buenas decisiones; garantiza poder cambiarlas sin violencia y saber a quién reclamar. El sujeto del agente (el del expediente, el del crédito denegado) no tiene ninguna de las cuatro. Por buena que sea la traza, sigue siendo, frente a él, un poder sin las condiciones que lo harían legítimo.
10. Autonomía e irreversibilidad: el imperativo de responsabilidad
El curso técnico marca una “línea roja”: la acción irreversible. Jonas (1979) convirtió esa intuición en un principio. Su imperativo de responsabilidad parte de que la técnica moderna cambió la naturaleza del actuar: ahora nuestro poder alcanza a los ausentes y a los futuros, y para un poder así la vieja ética de la proximidad no basta. Su regla práctica (una heurística del miedo) ordena dar más peso al pronóstico malo cuando lo que está en juego es irreversible. La irreversibilidad no es un parámetro más: es la bisagra moral.
A ello se suma el dilema de Collingridge (Collingridge, 1980): temprano, cuando aún podríamos controlar una tecnología, no sabemos qué hará; tarde, cuando ya lo sabemos, está tan imbricada que controlarla cuesta una fortuna. De ahí que “subir la autonomía solo donde el riesgo lo permite” sea, más que prudencia de ingeniero, la única respuesta sensata a Collingridge: mantener reversible y acotado lo que aún no comprendemos del todo, y exigir registro y aprobación humana justo donde la cadena se alarga y la acción muerde el mundo.
11. Low-code y Shadow AI: ¿democratización o proliferación?
Que un “experto de dominio” no programador construya su propio agente suena a emancipación (y Feenberg (1999), desde la teoría crítica de la técnica, defendería que esa racionalización democrática es justamente lo deseable: que quien vive un proceso tenga voz sobre la técnica que lo gobierna). Pero la propia sección 14 técnica nombra su reverso: la paradoja de la gobernanza. Cuanto más se democratiza la creación de agentes, más hay que invertir en guardarraíles centralizados. La agilidad ganada por un lado se paga en superficie de control por el otro.
Aquí asoma la herencia de la Escuela de Frankfurt (Adorno & Horkheimer, 1944): la razón instrumental que coloniza ámbitos antes ajenos al cálculo. El “Shadow AI” es esa colonización vuelta cotidiana (decenas de agentes optimizando procesos sin que nadie pregunte por sus fines). Pero el límite de Frankfurt es conocido: diagnostica magníficamente y no construye nada para el lunes por la mañana. El curso técnico es, precisamente, lo que Frankfurt no supo ser: una respuesta de ingeniería (catálogo vetado, sandbox, promoción revisada) a la proliferación que Frankfurt solo sabría lamentar.
12. Economía política del agente
Un agente desplegado a escala no es solo un sistema epistémico: es un actor económico. Braverman (1974) describió hace medio siglo la descualificación del trabajo (fragmentar la tarea hasta vaciarla de criterio) y el agente la acelera: somete a vigilancia automatizada y relega a tareas rígidas; la encíclica Magnifica humanitas (León XIV, 2026) se hace eco de esa inquietud al defender la dignidad del trabajo en la transición digital. Zuboff (2019) añade el eje del dato: el capitalismo de la vigilancia convierte la conducta en materia prima, y un agente que observa, registra y predice es su instrumento natural.
Y hay una capa que casi nunca aparece en el repositorio: la material. Los pesos que se descargan y la GPU que los corre descansan sobre una cadena de suministro (minerales, energía, trabajo) cuyos costes se externalizan a lugares y personas que no veremos. La infraestructura limpia y abstracta de la nube tiene un cuerpo sucio y situado. La encíclica habla de “romper las cadenas de las nuevas esclavitudes”; ponerle además el matiz colonial es ya lectura nuestra, pero apunta a lo mismo. El agente más soberano del mundo sigue colgando de esa cadena.
13. El tercer pivote (síntesis)
Todo converge aquí. El curso técnico cierra cada ejemplo con dos pivotes (gobernanza y explicabilidad), y ambos miran hacia dentro: protegen al operador y a la organización. Falta un tercero, el único que no es propiedad del sistema sino relación entre partes:
Rendición de cuentas: ¿quién responde ante el afectado cuando la decisión, siendo trazable y estando dentro de lo permitido, le perjudica? ¿Por qué vía puede impugnarla y forzar su corrección?
flowchart TD
AG["Agente · decisión"]
AG -->|gobernanza| OP["Operador / organización"]
AG -->|explicabilidad| OP
AG -->|"decide sobre"| S["Sujeto afectado"]
S -. "Rendición de cuentas (tercer pivote, ausente)" .-> AG
La observación decisiva es que, de los pivotes posibles, este es el único cuya respuesta no cabe dentro del repositorio de git. Los demás se ajustan con ingeniería; este requiere algo externo al sistema (una norma de responsabilidad civil, una autoridad ante la que reclamar, un derecho de recurso) que el constructor, por definición, no puede concederle a quien no es ni su cliente ni su usuario. No por falta de talento: porque está fuera de su alcance, igual que un buen guardarraíl no puede otorgarse a sí mismo el derecho del tercero a impugnarlo. La divisa, completada, tendría una tercera cláusula que el curso técnico implica pero no escribe: el prompt sugiere, el código garantiza, y alguien responde.
Y una precisión que ordena el cuadro y deshace una tentación. Podría llamarse a la autonomía “el cuarto pivote”, pero sería un error de categoría: la autonomía no es una virtud que se mida como las otras, sino el eje transversal (un dial) que regula la tensión de las tres. No se añade a la lista: la atraviesa. Cuanto más se sube ese dial (más iniciativa, cadenas más largas, capacidad de escribir y no solo de leer), más exigente se vuelve cada pivote: más gobernanza hace falta, más cuesta explicar y más urgente (y más difícil) se vuelve la rendición de cuentas. De ahí la formulación limpia de todo el recorrido: dos pivotes técnicos (gobernanza y explicabilidad), que el curso técnico ya plantea; un tercero (rendición de cuentas), irreductible y externo al sistema; y la autonomía (la sección 12 técnica) como el dial que los tensa a los tres a la vez.
Explicabilidad: poder reconstruir por qué hizo lo que hizo.
Explicabilidad: poder reconstruir por qué hizo lo que hizo.
Rendición de cuentas: ante el afectado, un nombre, una jurisdicción y una vía de recurso. La única casilla que no se rellena con código.
14. Conclusión: negativo y positivo de la misma foto
La crítica de principios (la de la encíclica Magnifica humanitas, la de Frankfurt) acierta en el dedo y falla en el mapa: nombra el punto legítimo y lo entierra bajo una condena genérica a “la IA”, sin un solo mecanismo. El curso técnico es su exacto reverso: dibuja el mapa con una precisión que aquella ni soñó, pero deja fuera, en el margen, justo el punto que aquella señalaba. Encajan como negativo y positivo de la misma fotografía. Este curso es el revelado que muestra los dos a la vez.
Esa es toda su tesis pedagógica: la teoría sin artefacto es el lujo de quien diagnostica y no construye; el artefacto sin teoría es un poder sin pregunta. Háganse juntos. Constrúyase el agente con el rigor del primer curso (el prompt sugiere, el código garantiza) y manténgase enganchado, con el segundo, a lo único que el código no puede darse a sí mismo: alguien fuera del sistema a quien rendir cuentas. El resto, como dice el primer curso, es ingeniería. Y la ingeniería, a diferencia de la crítica, sí aparece el lunes por la mañana.
Bibliografía
Se listan solo las obras usadas para sostener un argumento en el curso (no hay relleno: cada autor citado aparece aquí con su referencia completa). Las cuatro lecturas de cabecera están en “Materiales necesarios” de la sección 1.
Obras citadas
- Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (1944). Dialéctica de la Ilustración.
- Akrich, M. (1992). The de-scription of technical objects. En W. E. Bijker y J. Law (Eds.), Shaping technology/building society. MIT Press.
- Barandiaran, X. E., Di Paolo, E., & Rohde, M. (2009). Defining agency: Individuality, normativity, asymmetry, and spatio-temporality in action. Adaptive Behavior, 17(5), 367–386.
- Benkler, Y. (2006). The wealth of networks: How social production transforms markets and freedom. Yale University Press.
- Bowker, G. C., & Star, S. L. (1999). Sorting things out: Classification and its consequences. MIT Press.
- Braverman, H. (1974). Labor and monopoly capital: The degradation of work in the twentieth century. Monthly Review Press.
- Collingridge, D. (1980). The social control of technology. St. Martin’s Press.
- Ellul, J. (1964). The technological society. Vintage Books. (Obra original publicada en 1954)
- Feenberg, A. (1999). Questioning technology. Routledge.
- Friedman, B. (1996). Value-sensitive design. interactions, 3(6), 16–23.
- Habermas, J. (1981). Teoría de la acción comunicativa.
- Heidegger, M. (1954). La pregunta por la técnica. En Conferencias y artículos.
- Hobbes, T. (1651). Leviatán.
- Hume, D. (1748). Del contrato original.
- Jasanoff, S. (Ed.). (2004). States of knowledge: The co-production of science and social order. Routledge.
- Jensen, M. C., & Meckling, W. H. (1976). Theory of the firm: Managerial behavior, agency costs and ownership structure. Journal of Financial Economics, 3(4), 305–360.
- Jonas, H. (1979). El principio de responsabilidad.
- Latour, B. (1992). Where are the missing masses? The sociology of a few mundane artifacts. En W. E. Bijker y J. Law (Eds.), Shaping technology/building society. MIT Press.
- Latour, B. (1999). Pandora’s hope: Essays on the reality of science studies. Harvard University Press.
- León XIV. (2026). Magnifica humanitas [Carta encíclica]. Vaticano. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html
- Lessig, L. (2006). Code: Version 2.0. Basic Books.
- Locke, J. (1689). Dos tratados sobre el gobierno civil.
- Matthias, A. (2004). The responsibility gap: Ascribing responsibility for the actions of learning automata. Ethics and Information Technology, 6(3), 175–183.
- Nissenbaum, H. (1996). Accountability in a computerized society. Science and Engineering Ethics, 2(1), 25–42.
- Rawls, J. (1971). Teoría de la justicia.
- Rousseau, J.-J. (1762). El contrato social.
- Verbeek, P.-P. (2011). Moralizing technology: Understanding and designing the morality of things. University of Chicago Press.
- Weber, M. (1922). Economía y sociedad.
- Winner, L. (1977). Autonomous technology: Technics-out-of-control as a theme in political thought. MIT Press.
- Winner, L. (1980). Do artifacts have politics? Daedalus, 109(1), 121–136.
- Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.
Para ampliar
Lecturas recomendadas que no se citan para sostener un argumento concreto del curso:
- Jasanoff, S. (2016). The ethics of invention: Technology and the human future. W. W. Norton.
Este es el curso compañero de Construcción de agentes desde cero. Pensado para leerse contra él: cada módulo aquí se imbrica con una sección de ingeniería allí.
